Blog para el despertar de la consciencia

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LA CIENCIA DE VIVIR LA VIDA

Fuente: Centro Nagual

¿Funcionamos como científicos investigadores de nuestra propia vida?

Si estamos en un nivel muy bajo de autoconciencia o lo que es lo mismo, funcionamos como animales, solo nos guiamos por los instintos y vamos como pollo sin cabeza.

Si permanecemos en un estado infantil y buscamos simplemente ser obedientes y hacer caso a las normas del sistema o de la religión del momento, entonces no tenemos criterio propio y nos dejamos llevar por lo que otros nos dicen que tenemos que hacer. Si esas normas fueran perfectas, funcionaría, pero adaptarse a sistemas patológicos es transformarse en un enfermo.

Si hemos madurado un poco y empezamos a discernir por nosotros mismos lo que tenemos que hacer, entonces nos vamos a guiar por nuestra propia experiencia e historial. Y esto solemos hacerlo en base a nuestras propias hipótesis. Pero ¿qué pasa con las hipótesis que están equivocadas, que tenemos desde la infancia y que no llegamos a contrastar nunca de verdad por miedos o apegos excesivos?
La vida continuamente nos trae desafíos. De cada cosa que nos pasa concluimos que es buena o es mala. Por tanto, vamos a sacar una enseñanza, que se dividirá en tres aspectos: un miedo, un deseo y una conclusión sobre nosotros mismos. Es decir, si la experiencia nos dio placer porque se cumplió el deseo, nos va a crear un apego –a querer más de eso-. Si la experiencia, al contrario, nos pareció desagradable, nos va a producir aversión, o miedo y en el futuro la vamos a intentar evitar. Además, nosotros estamos continuamente construyendo nuestra identidad en base a lo que creemos que significa lo que nos ha pasado. Con cada experiencia vital pensamos algo así como “¿esto dónde me deja a mi?”.

El problema es que cuando somos niños no tenemos criterio, ni razón, ni distancia, ni testigo, ni sabiduría suficiente como para comprender por qué nuestros mayores se comportan con nosotros como se comportan. El niño no puede hacer otra cosa que amar. Y frente a los déficits amorosos o de comportamiento de sus padres, se va a tener que adaptar, porque no tiene otra opción. Depende de ellos totalmente. Si somos hijos del ogro y de la bruja, pues tendremos que construir una personalidad que se adapte a la casa en la que vivimos y de la que dependemos totalmente. Por tanto, nos separamos de nuestra esencia, de nuestra verdad, de nuestra realidad, y empezamos a tener miedos y deseos equivocados o mal dirigidos, empezamos a pensar cosas de nosotros mismos que son erradas, simplemente porque los ejemplos que nos dan y el modo en que nos tratan pudo ser equivocado. Muchos padres intentan, sin darse cuenta, arreglar su propia infancia en la de sus hijos y no les dejan ser ellos mismos. Los pobres padres, que lo hacen de buena fe. Cada uno hace lo que puede con lo que sabe y con lo que le hicieron a él.

Con cada experiencia que viva que le resulte traumática, el niño tomará una conclusión errada sobre sí mismo, porque a mayor sufrimiento, mayor equivocación en el significado de lo que le está pasando. Si los padres no tienen sanada su capacidad de dar amor, el niño creerá que él es el defectuoso y que no merece amor. Si sus padres no son capaces de demostrarle que están contentos con él, el niño creerá que es malo, que no vale. Si los padres no le dan una atención de calidad, el niño abandonará la posibilidad de conseguirla en base a ser amoroso y positivo y empezará a intentar conseguirla en base a ser negativo y agresivo. Si tampoco le funciona la atención a palos, se colapsará hacia dentro y cortará la relación con el mundo.

El niño es una maquinita biológica de adaptación al entorno de quien le cuida. El problema es que esas conclusiones que tome sobre sí mismo le condicionarán. Cuanto más antiguas sean las experiencias negativas, más intensas, más repetidas y más cercano el parentesco del perpetrador que se lo hace, más influencia tendrán en él, más condicionado quedará y más lejano de su propio potencial quedará.

Esos apegos (si no recibió amor se hará dependiente -o todo lo contrario, solitario y huraño-), esos miedos (si no le dieron seguridad se creerá desvalido -o todo lo contrario, agresivo y paranoico-) y esas conclusiones que ha tomado sobre sí mismo (“soy incapaz, tengo que ser mejor, no merezco ser amado”) le hacen que tenga una hipótesis sobre la vida que, directamente, está equivocada. Eso es lo que los budistas llaman ignorancia, de la que hay que salir porque es la causa de todo sufrimiento psicológico. El ego es una estructura imaginaria que básicamente es un producto del miedo y el sufrimiento infantil y está estructurada, sobre todo, en la ignorancia de quiénes somos y cuál es la verdadera relación que existe entre el yo, el mundo y la divinidad.

Así que muchos vamos por la vida con un método de vida, con un mapa que, desde la infancia, tiene leyes erróneas. Nos decimos a nosotros mismo y a los demás “es que yo soy así” para justificar nuestros déficits. Y muchos no nos planteamos porqué soy así ni cómo solucionarlo. Somos científicos que no verificamos las hipótesis que dedujimos en nuestra infancia. No podemos probar las hipótesis, los miedos y los apegos tan fuertes no nos dejan.

Si probáramos a hacer cosas nuevas, a lo mejor nos damos cuenta de que la hipótesis estaba equivocada. Pero no podemos porque en el fondo creemos que si probamos vamos a tener que cambiar y si cambiamos, ya no sabremos quienes seremos. Y más y más en el fondo, está escondido a creer que si cambiamos de verdad, nuestros padres no nos querrán. Porque en el fondo, la personalidad adaptativa que hicimos, el ego, pretendía intentar cambiar a nuestros padres para que nos quisieran bien y nos pudiéramos sentir por fin niños buenos, queridos, protegidos, respetados y valorados en su justa medida. Y en esas seguimos sin darnos cuenta, aunque seamos cincuentones o nuestros pobres progenitores lleven muertos veinte años. Perdonarlos, comprender lo que a ellos les hicieron, amarlos pese a sus déficits, ser compasivos con ellos y sobre todo, dejar de pedirles inconscientemente lo que nunca nos darán es parte del trabajo que nos arregla a nosotros mismos.

La vida, cuyo orden y sabiduría es inimaginable tiene un mecanismo para hacernos sentir si estamos en la línea de su orden o no: el sufrimiento adulto. El estado emocional que tenemos de fondo no se basa tanto en lo que nos pasa, si no que es fruto del juicio moral que hacemos de nosotros mismos, de nuestro propio comportamiento: tenemos un radar interior que no deja de mirar si estamos siguiendo nuestra intuición o no, si estamos actuando en nuestro bien y en el de los demás, si somos honestos con nosotros mismos y buscamos y decimos la verdad, si somos justos, si somos valientes… y si la respuesta a ese juicio es NO, entonces nos sentimos mal, nos deprimimos, nos culpamos, estamos ansiosos y tensos.

El sufrimiento de fondo, no el de los disgustos del momento, es el despertador que nos azuza para que nos busquemos, nos comprendamos, nos replanteemos y nos reformemos a la búsqueda de ser cada día más de verdad nosotros mismos y estar alineados con el bien común y con el amor. Y si no lo seguimos, nuestro propio radar nos da más dosis de sufrimiento y la vida otro ciclo de repetición del problema hasta que nos demos cuenta. El universo no tiene prisa. Él es el tiempo y el espacio, la luz, la verdad y la vida.

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VIRGINIA BLANES

Te dejo una charla sobre el ego, sobre la evolución, sobre el amor… de la mano de Virginia Blanes, una mujer que además de belleza aporta una gran sabiduría y experiencia para que reflexionemos sobre nosotros mismos y nuestras relaciones con las personas que nos rodean. Otro gran descubrimiento.

Gracias Virginia

HACERSE CARGO

De las decisiones, de los pensamientos, de los sentimientos, de las acciones, de las inacciones, de la propia vida.

Conozco muchas personas que culpan a quien tengan a mano de sus infortunios, a su familia, cultura, al gobierno de turno, al Universo, al jefe, a una adicción, lo que les surja; y muchas otras que les otorgan sus créditos a la suerte, a un favor que recibieron, a la casualidad o lo que sea.

La realidad me ha demostrado que cada uno de nosotros somos responsables de nosotros mismos y de las cosas que nos suceden.

Por supuesto que hay imponderables, situaciones que están totalmente fuera de nuestro control, y otras en las que tenemos una influencia muy relativa. Sin embargo siempre podemos elegir como reaccionar frente a estas situaciones y hacernos cargo de ello.

Cuando nos damos cuenta que esconder la cabeza como el avestruz es una opción lamentable y sumamente perjudicial, comenzamos lentamente a desear salir de ese agujero.

Hacerse cargo significa tomar las riendas de nuestra vida, aceptar los errores y aprender de ellos, y también hacerse cargo de los éxitos y disfrutarlos.

Cuando responsabilizamos a otros por nuestras acciones les estamos entregando el poder, actuamos como niños cuya primera respuesta es yo no fui.

Hacerse cargo y enfrentar las consecuencias de las decisiones tomadas significa madurar, y también implica algo sumamente importante, la posibilidad de cambiar.

La única forma de modificar aquello que no nos gusta, que nos está saliendo mal, que no se ajusta a nuestros deseos, es hacernos cargo de que estamos en ese lugar por nuestros propios actos. Desde aquí, podemos elegir otro camino.

Los pensamientos generan sentimientos y estos a su vez nos impulsan a actuar o no, de determinada manera. Hacernos cargo es ser libres para pensar, sentir y actuar en forma independiente escuchando nuestra voz interna.

Podemos equivocarnos mil y una vez y muchas más, podemos errar la ruta, podemos sufrir con los resultados, sin embargo si nos hacemos cargo de aquello que nos llevó hasta aquí, también sentiremos que tenemos la inmensa posibilidad de ajustar la brújula, tomar otro rumbo, salir de este lugar. Y actuaremos de acuerdo a ello.

Hacerse cargo es dar la cara, enfrentar y confrontar con quien sea necesario. Es asumir nuestro rol y nuestra responsabilidad, es cumplir con nuestra palabra y no darla sin pensar, en vano, solo porque es eso lo que suponemos que se espera.

Es también empezar a elegir desde nuestra dignidad, siendo fieles a nosotros mismos, es estar atentos a las oportunidades y tomarlas cuando se presentan, es darnos la chance de cambiar cuantas veces sea necesario.

Hacerse cargo es pedir ayuda en el momento que lo precisamos, es reconocer nuestras vulnerabilidades, es tender la mano y permitir que otro la sostenga.

Y por supuesto es reconocernos en nuestros logros, felicitarnos por ellos, darnos el crédito que nos merecemos. Es estar conscientes de nuestras fortalezas, es acompañar a quien nos necesita

Cuando nos hacemos cargo, nos estamos dando un lugar y no permitimos que otro nos desplace. Nuestra estima se robustece y salimos al mundo con vigor y determinación.

Y el mundo responde en consecuencia.

Fuente: Rafapal.com

Fuente: Facebook, autor desconocido.

"NO HAGAS SUPOSICONES"

LOS CUATRO ACUERDOS

Sabiduría Tolteca

Miguel Ruiz

Tercer Acuerdo

“No hagas suposiciones”

El tercer acuerdo consiste en no hacer suposiciones. Tendemos a hacer suposiciones sobre todo. El problema es que, al hacerlo, creemos que lo que suponemos es cierto. Juraríamos que es real. Hacemos suposiciones sobre lo que los demás hacen o piensan -nos lo tomamos personalmente – y después, los culpamos y reaccionamos enviando veneno emocional con nuestras palabras. Este es el motivo por el cual siempre que hacemos suposiciones, nos buscamos problemas. Hacemos una suposición, comprendemos las cosas mal, nos lo tomamos personalmente y acabamos haciendo un gran drama de nada.

Toda la tristeza y los dramas que has experimentado tenían sus raíces en las suposiciones que hiciste y en las cosas que te tomaste personalmente. Concédete un momento para considerar la verdad de esta afirmación. Toda la cuestión del dominio entre los seres humanos gira alrededor de las suposiciones y el tomarse las cosas personalmente. Todo nuestro sueño del infierno se basa en ello.

Producimos mucho veneno emocional haciendo suposiciones y tomándonoslas personalmente, porque por lo general, empezamos a chismorrear a partir de nuestras suposiciones. Recuerda que chismorrear es nuestra forma de comunicarnos y enviarnos veneno los unos a los otros en el sueño del infierno. Como tenemos miedo de pedir una aclaración, hacemos suposiciones y creemos que son ciertas; después, las defendemos e intentamos que sea otro el que no tenga razón. Siempre es mejor preguntar que hacer una suposición, porque las suposiciones crean sufrimiento.

El gran mitote de la mente humana crea un enorme caos que nos lleva a interpretar y entender mal todas las cosas. Sólo vemos lo que queremos ver y oímos lo que queremos oír. No percibimos las cosas tal como son. Tenemos la costumbre de soñar sin basarnos en la realidad. Literalmente, inventamos las cosas en nuestra imaginación. Como no entendemos algo, hacemos una suposición sobre su significado y cuando la verdad aparece, la burbuja de nuestro sueño estalla y descubrimos que no era en absoluto lo que nosotros creíamos.

Un ejemplo: Andas por el paseo y ves a una persona que te gusta. Se vuelve hacia ti, te sonríe y después se aleja. Sólo con esta experiencia puedes hacer muchas suposiciones. Con ellas es posible crear toda una fantasía. Y tú verdaderamente quieres creerte la fantasía y convertirla en realidad. Empiezas a crear un sueño completo a partir de tus suposiciones y puede que te lo creas: «Realmente le gusto mucho». A partir de esto, en tu mente empieza una relación entera. Quizás, en tu mundo de fantasía, hasta llegues a casarte con esa persona. Pero la fantasía está en tu mente, en tu sueño personal.

Hacer suposiciones en nuestras relaciones significa buscarse problemas. A menudo, suponemos que nuestra pareja sabe lo que pensamos y que no es necesario que le digamos lo que queremos. Suponemos que hará lo que queremos porque nos conoce muy bien. Si no hace lo que creemos que debería hacer, nos sentimos realmente heridos y decimos: «Deberías haberlo sabido».

Otro ejemplo: Decides casarte y supones que tu pareja ve el matrimonio de la misma manera que tú. Después, al vivir juntos, descubres que no es así. Esto crea muchos conflictos; sin embargo, no intentas clarificar tus sentimientos sobre el matrimonio. El marido regresa a casa del trabajo. La mujer está furiosa y el marido no sabe por qué. Quizá sea porque la mujer hizo una suposición. No le dice a su marido lo que quiere porque supone que él la conoce tan bien que ya lo sabe, como si pudiese leer su mente. Se disgusta porque él no satisface sus expectativas. Hacer suposiciones en las relaciones conduce a muchas disputas, dificultades y malentendidos con las personas que supuestamente amamos.

En cualquier tipo de relación, podemos suponer que los demás saben lo que pensamos y que no es necesario que digamos lo que queremos. Harán lo que queremos porque nos conocen muy bien. Si no lo hacen, si no hacen lo que creemos que deberían hacer, nos sentimos heridos y pensamos: «¿Cómo ha podido hacer eso? Debería haberlo sabido». Suponemos que la otra persona sabe lo que queremos. Creamos un drama completo porque hacemos esta suposición y después añadimos otras más encima de ella.

El funcionamiento de la mente humana es muy interesante. Necesitamos justificarlo, explicarlo y comprenderlo todo para sentirnos seguros. Tenemos millones de preguntas que precisan respuesta porque hay muchas cosas que la mente racional es incapaz de explicar. No importa si la respuesta es correcta o no; por sí sola, bastará para que nos sintamos seguros.

Esta es la razón por la cual hacemos suposiciones. Si los demás nos dicen algo, hacemos suposiciones, y si no nos dicen nada, también las hacemos para satisfacer nuestra necesidad de saber y reemplazar la necesidad de comunicarnos. Incluso si oímos algo y no lo entendemos, hacemos suposiciones sobre lo que significa, y después, creemos en ellas. Hacemos todo tipo de suposiciones porque no tenemos el valor de preguntar.

La mayoría de las veces, hacemos nuestras suposiciones con gran rapidez y de una manera inconsciente, porque hemos establecido acuerdos para comunicarnos de esta forma. Hemos acordado que hacer preguntas es peligroso y que la gente que nos ama debería saber qué queremos o cómo nos sentimos. Cuando creemos algo, suponemos que tenemos razón hasta el punto de llegar a destruir nuestras relaciones para defender nuestra posición.

Suponemos que todo el mundo ve la vida del mismo modo que nosotros. Suponemos que los demás piensan, sienten, juzgan y maltratan como nosotros lo hacemos. Esta es la mayor suposición que podemos hacer y es la razón por la cual nos da miedo ser nosotros mismos ante los demás, porque creemos que nos juzgarán, nos convertirán en sus víctimas, nos maltratarán y nos culparán como nosotros mismos lo hacemos. De modo que, incluso antes de que los demás tengan la oportunidad de rechazarnos, nosotros ya nos hemos rechazado a nosotros mismos. Así es como funciona la mente humana.

También hacemos suposiciones sobre nosotros mismos y esto crea muchos conflictos internos. Por ejemplo, supones que eres capaz de hacer algo y después descubres que no lo eres. Te sobrestimas o te subestimas a ti mismo porque no te has tomado el tiempo necesario para hacerte preguntas y contestártelas. Tal vez necesites más datos sobre una situación en particular. O quizá necesites dejar de mentirte a ti mismo sobre lo que verdaderamente quieres.

A menudo, cuando inicias una relación con alguien que te gusta, tienes que justificar por qué te gusta. Sólo ves lo que quieres ver y niegas que algunos aspectos de esa persona te disgustan. Te mientes a ti mismo con el único fin de sentir que tienes razón. Después haces suposiciones y una de ellas es: «Mi amor cambiará a esta persona». Pero no es verdad. Tu amor no cambiará a nadie. Si las personas cambian es porque quieren cambiar, no porque tú puedas cambiarlas. Entonces, ocurre algo entre vosotros dos y te sientes dolido. De pronto, ves lo que no quisiste ver antes, sólo que ahora está amplificado por tu veneno emocional. Ahora tienes que justificar tu dolor emocional y echar la culpa de tus decisiones a los demás. No es necesario que justifiquemos el amor; está presente o no lo está. El amor verdadero es aceptar a los demás tal como son, sin tratar de cambiarlos. Si intentamos cambiarlos significa que, en realidad, no nos gustan. Por supuesto, si decides vivir con alguien, si llegas a ese acuerdo, siempre será mejor que esa persona sea exactamente como tú quieres que sea. Encuentra a alguien a quien no tengas que cambiar en absoluto. Resulta mucho más fácil hallar a alguien que ya sea como tú quieres que sea, que intentar cambiar a una persona. Además, ese alguien debe quererte tal como eres para no tener que hacerte cambiar en absoluto. Si otras personas piensan que tienes que cambiar, eso significa que, en realidad, no te aman tal como eres.

¿Y para qué estar con alguien si tú no eres tal como quiere que seas? Debemos ser quienes somos, de modo que no tenemos que presentar una falsa imagen. Si me amas tal como soy, muy bien, tómame. Si no me amas tal como soy, muy bien, adiós. Búscate a otro. Quizá suene duro, pero este tipo de comunicación significa que los acuerdos personales que establecemos con los demás son claros e impecables. Imagínate tan sólo el día en que dejes de suponer cosas de tu pareja, y a la larga, de cualquier otra persona de tu vida. Tu manera de comunicarte cambiará completamente y tus relaciones ya no sufrirán más a causa de conflictos creados por suposiciones equivocadas.

La manera de evitar las suposiciones es preguntar. Asegúrate de que las cosas te queden claras. Si no comprendes alguna, ten el valor de preguntar hasta clarificarlo todo lo posible, e incluso entonces, no supongas que lo sabes todo sobre esa situación en particular. Una vez que escuches la respuesta, no tendrás que hacer suposiciones porque sabrás la verdad.

Asimismo, encuentra tu voz para preguntar lo que quieres. Todo el mundo tiene derecho a contestarte «sí» o «no», pero tú siempre tendrás derecho a preguntar. Del mismo modo, todo el mundo tiene derecho a preguntarte y tú tienes derecho a contestar «sí» o «no».

Si no entiendes algo, en lugar de hacer una suposición, es mejor que preguntes y que seas claro. El día que dejes de hacer suposiciones, te comunicarás con habilidad y claridad, libre de veneno emocional. Cuando ya no hagas suposiciones, tus palabras se volverán impecables.

Con una comunicación clara, todas tus relaciones cambiarán, no sólo la que tienes con tu pareja, sino también todas las demás. No será necesario que hagas suposiciones porque todo se volverá muy claro. Esto es lo que yo quiero y esto es lo que tú quieres. Si nos comunicamos de esta manera, nuestras palabras se volverán impecables. Si todos los seres humanos fuésemos capaces de comunicarnos de esta manera, con la impecabilidad de nuestras palabras, no habría guerras, ni violencia ni disputas. Sólo con que fuésemos capaces de tener una comunicación buena y clara, todos nuestros problemas se resolverían.

Este es, pues, el Tercer Acuerdo: No hagas suposiciones.

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"NO TE TOMES NADA PERSONALMENTE"

Los Cuatro Acuerdos,sabiduría Tolteca

Miguel Ruiz

El Segundo Acuerdo: «No te tomes nada personalmente»

El Segundo Acuerdo consiste en no tomarte nada personalmente. Suceda lo que suceda a tu alrededor no te lo tomes personalmente. Utilizando un ejemplo anterior, si te encuentro en la calle y te digo: «¡Eh, eres un estúpido!», sin conocerte, no me refiero a ti, sino a mí. Si te lo tomas personalmente, tal vez te creas que eres un estúpido. Quizá te digas a ti mismo: «¿Cómo lo sabe? ¿Acaso es clarividente o es que todos pueden ver lo estúpido que soy?».

Te lo tomas personalmente porque estás de acuerdo con cualquier cosa que se diga. Y tan pronto como estás de acuerdo, el veneno te recorre y te encuentras atrapado en el sueño del infierno. El motivo de que estés atrapado es lo que llamamos «la importancia personal». La importancia personal, o el tomarse las cosas personalmente, es la expresión máxima del egoísmo, porque consideramos que todo gira a nuestro alrededor. Durante el período de nuestra educación (o de nuestra domesticación), aprendimos a tomarnos todas las cosas de forma personal. Creemos que somos responsables de todo. ¡Yo, yo, yo y siempre yo! Nada de lo que los demás hacen es por ti. Lo hacen por ellos mismos.

Todos vivimos en nuestro propio sueño, en nuestra propia mente; los demás están en un mundo completamente distinto de aquel en que vive cada uno de nosotros. Cuando nos tomamos personalmente lo que alguien nos dice, suponemos que sabe lo que hay en nuestro mundo e intentamos imponérselo por encima del suyo. Incluso cuando una situación parece muy personal, por ejemplo cuando alguien te insulta directamente, eso no tiene nada que ver contigo. Lo que esa persona dice, lo que hace y las opiniones que expresa responden a los acuerdos que ha establecido en su propia mente. Su punto de vista surge de toda la programación que recibió durante su domesticación.

Si alguien te da su opinión y te dice: «¡Oye, estás muy gordo!», no te lo tomes personalmente, porque la verdad es que se refiere a sus propios sentimientos, creencias y opiniones. Esa persona intentó enviarte su veneno, y si te lo tomas personalmente, lo recoges y se convierte en tuyo. Tomarse las cosas personalmente te convierte en una presa fácil para esos depredadores, los magos negros. Les resulta fácil atraparte con una simple opinión, después te alimentan con el veneno que quieren, y como te lo tomas personalmente, te lo tragas sin rechistar. Te comes toda su basura emocional y la conviertes en tu propia basura. Pero si no te lo tomas personalmente, serás inmune a todo veneno aunque te encuentres en medio del infierno. Esa inmunidad es un don de este acuerdo. Cuando te tomas las cosas personalmente, te sientes ofendido y reaccionas defendiendo tus creencias y creando conflictos. Haces una montaña de un grano de arena porque sientes la necesidad de tener razón y de que los demás estén equivocados. También te esfuerzas en demostrarles que tienes razón dando tus propias opiniones. Del mismo modo, cualquier cosa que sientas o hagas no es más que una proyección de tu propio sueño personal, un reflejo de tus propios acuerdos. Lo que dices, lo que haces y las opiniones que tienes se basan en los acuerdos que tú has establecido y no tienen nada que ver conmigo.

Lo que pienses de mí no es importante para mí y no me lo tomo personalmente. Cuando la gente me dice: «Miguel, eres el mejor», no me lo tomo personalmente y tampoco lo hago cuando me dice: «Miguel, eres el peor». Sé que cuando estés contento, me dirás: «¡Miguel, eres un ángel!». Pero cuando estés enfadado conmigo, me dirás: «¡Oh, Miguel, eres un demonio! Eres repugnante. ¿Cómo puedes decir esas cosas?». Ninguno de los dos comentarios me afecta porque yo sé lo que soy. No necesito que me acepten. No necesito que nadie me diga: «¡Miguel, qué bien lo haces!», o: «¿Cómo eres capaz de hacer eso?».

No, no me lo tomo personalmente. Pienses lo que pienses, sientas lo que sientas, sé que se trata de tu problema y no del mío. Es tu manera de ver el mundo. No me lo tomo de un modo personal porque te refieres a ti mismo y no a mí. Los demás tienen sus propias opiniones según su sistema de creencias, de modo que nada de lo que piensen de mí estará realmente relacionado conmigo, sino con ellos.

Es posible que incluso me digas: «Miguel, lo que dices me duele». Pero lo que te duele no es lo que yo digo, sino las heridas que tienes y que yo he rozado con lo que he dicho. Eres tú mismo quien se hace daño. No me lo puedo tomar personalmente en modo alguno, y no porque no crea ni confíe en ti, sino porque sé que ves el mundo con distintos ojos, con los tuyos.

Creas una película entera en tu mente y en ella tú eres el director, el productor y el protagonista. Todos los demás tenemos papeles secundarios. Es tu película. La manera en que ves esa película se basa en los acuerdos que has establecido con la vida. Tu punto de vista es algo personal tuyo. No es la verdad de nadie más que de ti. Por consiguiente, si te enfadas conmigo, sé que eso está relacionado contigo. Yo soy la excusa para que tú te enfades. Y te enfadas porque tienes miedo, porque te enfrentas a tu miedo. Si no tuvieras miedo, no te enfadarías conmigo en modo alguno. Si no tuvieras miedo, no me odiarías en modo alguno. Si no tuvieras miedo, no estarías triste ni celoso en modo alguno.

Si vives sin miedo, si amas, no hay lugar para ninguna de esas emociones. Si no tienes ninguna de esas emociones, lógicamente te sientes bien. Cuando te sientes bien, todo lo que te rodea está bien. Cuando todo lo que te rodea es magnífico, todo te hace feliz. Amas todo lo que te rodea porque te amas a ti mismo, porque te gusta como eres, porque estás contento contigo mismo, porque te sientes feliz con tu vida. Estás satisfecho con la película que tú mismo produces y con los acuerdos que has establecido con la vida. Estás en paz y eres feliz. Vives en ese estado de dicha en el que todo es verdaderamente maravilloso y bello. En ese estado de dicha, estableces una relación de amor con todo lo que percibes en todo momento.

Sea lo que sea lo que la gente haga, piense o diga, no te lo tomes personalmente. Si te dice que eres maravilloso, no lo dice por ti. Tú sabes que eres maravilloso. No es necesario que otras personas te lo digan para creerlo. No te tomes nada personalmente. Aun cuando alguien agarrase una pistola y te disparase en la cabeza, no sería nada personal. Incluso hasta ese extremo. Ni siquiera las opiniones que tienes sobre ti mismo son necesariamente verdad; por consiguiente, no tienes la menor necesidad de tomarte cualquier cosa que oigas en tu propia mente personalmente. La mente tiene la capacidad de hablarse a sí misma, pero también tiene la capacidad de escuchar la información que está disponible de otras esferas.

La mente también es capaz de hablarse y escucharse a sí misma. Tu mente está dividida, igual que lo está tu cuerpo. Del mismo modo en que puedes estrechar con una mano tu otra mano y sentirla, la mente puede hablar consigo misma. Una parte de tu mente habla y otra escucha. Cuando muchas partes de tu mente hablan todas al mismo tiempo, se origina un gran problema. A esto lo llamamos mitote, ¿recuerdas? Podemos comparar el mitote con un enorme mercado en el que miles de personas hablan y hacen trueques a la vez. Cada una tiene pensamientos y sentimientos diferentes; cada una tiene un punto de vista distinto. Todos los acuerdos que hemos establecido -la programación de la mente- no son necesariamente compatibles entre sí. Cada acuerdo es como un ser vivo independiente; tiene su propia personalidad y su propia voz. Hay acuerdos incompatibles, que se contradicen los unos a los otros, y el conflicto se va extendiendo hasta que estalla una gran guerra en la mente.

El mitote es la razón por la que los seres humanos apenas saben lo que quieren, cómo lo quieren o cuándo lo quieren. No están de acuerdo con ellos mismos porque unas partes de la mente quieren una cosa y otras quieren exactamente lo contrario. Una parte de la mente pone objeciones a determinados pensamientos y actos y otra los apoya. Todos estos pequeños seres vivientes crean conflictos internos porque están vivos y cada uno tiene su propia voz. Únicamente si hacemos un inventario de nuestros acuerdos destaparemos todos los conflictos de la mente y, con el tiempo, llegaremos a extraer orden del caos del mitote.

No te tomes nada personalmente porque, si lo haces, te expones a sufrir por nada. Los seres humanos somos adictos al sufrimiento en diferentes niveles y distintos grados; nos apoyamos los unos a los otros para mantener esta adicción. Hemos acordado ayudarnos mutuamente a sufrir. Si tienes la necesidad de que te maltraten, será fácil que los demás lo hagan. Del mismo modo, si estás con personas que necesitan sufrir, algo en ti hará que las maltrates. Es como si llevasen un cartel en la espalda que dijera: «Patéame, por favor». Piden una justificación para su sufrimiento. Su adicción al sufrimiento no es más que un acuerdo que refuerzan a diario.

Vayas donde vayas, encontrarás a gente que te mentirá, pero a medida que tu conciencia se expanda, descubrirás que tú también te mientes a ti mismo. No esperes que los demás te digan la verdad, porque ellos también se mienten a sí mismos. Tienes que confiar en ti y decidir si crees o no lo que alguien te dice. Cuando realmente vemos a los demás tal como son sin tomárnoslo personalmente, lo que hagan o digan no nos dañará. Aunque los demás te mientan, no importa. Te mienten porque tienen miedo. Tienen miedo de que descubras que no son perfectos. Quitarse la máscara social resulta doloroso. Si los demás dicen una cosa, pero hacen otra y tú no prestas atención a sus actos, te mientes a ti mismo. Pero si eres veraz contigo mismo, te ahorrarás mucho dolor emocional. Decirte la verdad quizá resulte doloroso, pero no necesitas aferrarte al dolor. La curación está en camino; que las cosas te vayan mejor es sólo cuestión de tiempo.

Si alguien no te trata con amor ni respeto, que se aleje de ti es un regalo. Si esa persona no se va, lo más probable es que soportes muchos años de sufrimiento con ella. Que se marche quizá resulte doloroso durante un tiempo, pero finalmente tu corazón sanará. Entonces, elegirás lo que de verdad quieres. Descubrirás que, para elegir correctamente, más que confiar en los demás, es necesario que confíes en ti mismo.

Cuando no tomarte nada personalmente se convierta en un hábito firme y sólido, te evitarás muchos disgustos en la vida. Tu rabia, tus celos y tu envidia desaparecerán, y si no te tomas nada personalmente, incluso tu tristeza desaparecerá. Si conviertes el Segundo Acuerdo en un hábito, descubrirás que nada podrá devolverte al infierno. Una gran cantidad de libertad surge cuando no nos tomamos nada personalmente. Serás inmune a los magos negros y ningún hechizo te afectará, por muy fuerte que sea. El mundo entero puede contar chismes sobre ti, pero si no te los tomas personalmente, serás inmune a ellos. Alguien puede enviarte veneno emocional de forma intencionada, pero si no te lo tomas personalmente, no te lo tragarás. Cuando no tomas el veneno emocional, se vuelve más nocivo para el que lo envía, pero no para ti.

Ya puedes ver cuán importante es este acuerdo. No tomar nada personalmente te ayuda a romper muchos hábitos y costumbres que te mantienen atrapado en el sueño del infierno y te causan un sufrimiento innecesario. Si mantienes este acuerdo, viajarás por todo el mundo con el corazón abierto por completo y nadie te herirá. Dirás: «Te amo», sin miedo a que te rechacen o te ridiculicen. Pedirás lo que necesites. Dirás sí o dirás no -lo que tú decidas- sin culparte ni juzgarte. Siempre puedes seguir a tu corazón. Si lo haces, aunque estés en medio del infierno, experimentarás felicidad y paz interior. Permanecerás en tu estado de dicha y el infierno no te afectará en absoluto.

(Gracias Rosa por enviar este artículo)